09
Feb
10

La Dama y la Muerte (Animación)

Hoy no será literatura, hoy será animación.

Paseándose uno por este mar de conocimiento llamado Internet, se encuentra con cosas malas, cosas buenas, cosas bien, cosas mal, cosas, cosas, cosas. Pero pocas veces se encuentra con cosas Excelentes. Y cuando eso pasa, entonces uno se da cuenta de que pasar las horas frente a una computadora tiene su recompensa.

En esta ocasión (y sin tener muchas ideas literarias esta temporada) traigo a mi Blog, un cortometraje animado que se viste con un sólo adjetivo: excelente.

Lo encontré en una de mis web favoritas de Cine, Blogdecine.com, donde está muy bien explicadito quien fue su creador y de qué se trata. Así que citando las palabras de la web, dice:

Este excelente trabajo de Javier Recio Gracia y de su gente de Kandor Moon primero fue nominado, con toda justicia, a los Goya, y luego, algunas semanas después, a los Oscar. Creemos que debería llevarse el doblete de calle, porque es un cortometraje completamente redondo y bastante superior a casi todos sus rivales.

Una anciana, cuyo marido ya pasó a mejor vida, está deseando reunirse con él, pero será el objeto de una furiosa pelea en la que el ganador se queda con todo. Imposible no rendirse ante el vendaval de imaginación que nos propone esta joya.

Imposible. Yo no me resistí, y es que si se me permite agregar mi visión de este corto, puedo decir que es una magnífica representación de un refrán de mi tierra “el que está pa’ morirse, está pa’ morirse”.

No siendo más y dejando el resto a su libre interpretación, dejo el cortometraje y toda su fantasía. También con unos videos del making off.

La Dama y la Muerte

La animación

Composición de Imagen

Muestra del departamento de  Arte.

07
Feb
10

CARTA SIN DESTINATARIO Nº748

Asylum - Fotografia de VincerePhotography, Usuario DeviantART

Amiga, necesito de tu ayuda. La necesito urgente.

Las cosas han cambiado desde la última vez. Creo que para mal. Antes solía escribirte sobre un país al que no habías querido acompañarme. Y recuerdo que la última vez que te escribí, te dejé la dirección del psiquiátrico. Nunca me visitaste y de eso hace ya algún tiempo.

Aún tengo presente una de las dos opciones: las cartas no salen de aquí, o tú las ignoras.

Pero los días van pasando y el pasar del tiempo era algo de lo que no era consciente.

Amiga, me estoy volviendo loco.

Las ideas se me cruzan y trato de aferrarme a la cordura y a la realidad en ese mundo fantástico que te relaté cientos de veces. Trato de contenerlo en mi cabeza. Pero ahora me resulta difícil aunque sigo viendo las cosas que te contaba, en serio, sé que siempre, siempre te ha molestado que te diga como es este mundo al que no decidiste acompañarme. Pero también, siempre te he pedido disculpas por hacerlo. A lo mejor si no lo hiciera responderías mis cartas, o quizá, entonces, saldrían de aquí, donde ahora nada se sabe con certeza, nada puedo asegurarlo, no como antes cuando me era evidente la realidad de las cosas.

Antes, cuando te escribía, no dudaba de las maravillas de este país. Pero ahora dudo, dudo y tengo miedo, amiga.

Ayúdame

Necesito verte, necesito saber que aún estás ahí, a mi lado, como antes de viajar.

Por favor respóndeme.

No soporto ver este, mi mundo, ahora, hecho trizas, destrozado. No soporto ver cuán lúgubre es todo ahora. Me resisto a pensar que los músicos y sus instrumentos siempre han sido hombres y mujeres con batas holgadas, caminando de allí para acá sin rumbo, y haciendo por música el sonido arrastrado de sus pantuflas sobre el césped. Me resisto a creer que esto no es un país sin lugar en el mapa. Pero amiga, hace algún tiempo. Los agentes de la ley, esos pequeños corruptos que te contaba, ahora son hombres grandes, vestidos con batas blancas y llevando tablillas bajo el brazo. Han crecido de la noche a la mañana y ya no parecen corruptos. Ahora incluso, he tenido la necesidad de agradecerles cuando me tropiezo y me levantan, cuando me traen el uniforme. Una bata blanca sin costuras. Un saco blanco para echar quilos de cerebro muerto.

Tengo miedo de pensar, porque hacerlo me aleja de la razón.

Estos últimos meses, no te he escrito porque no había encontrado papel y lápiz para hacerlo. Pero ahora un sujeto me ha regalado un poco de ambos para escribirte. El dijo que te entregaría esto, y yo se lo creo, por mi salud, prefiero creérselo.

También han llegado hombres nuevos… ¿recuerdas esa vez, que te escribí que pasaba las noches dentro de una ballena?… bueno, han llegado hasta el interior de la ballena. No sé por donde han entrado, pero lo han hecho. Tres tipos, dos son bastante altos y uno de ellos, de mediana estatura es más delgado que los otros. Los tres llevan el cabello gris, como si con ponérselo gris, pudieran ser mejores personas. Lo creo así porque dicen ayudarme. Pero yo dudo de esa ayuda.

¿Cómo puede ser ayuda algo que te aleja de la felicidad, por falsa que sea esa felicidad? Eso no puede ser.  Y siempre que salen por la boca del mamífero, dicen al viento un nombre que desconozco y afirman que el tratamiento cada día va mejorando. ¿Tratamiento, amiga? ¿Qué es eso? Dime si acaso es algo malo o bueno. Aunque sin que me respondas. Hay algo más allá de mí, que me asegura que no es bueno.

No sé, ahora no sé que está pasando. Escucho una radio encend

ida las veinticuatro horas, una radio que afirma cosas inaudibles. Es un so

nido distante, distante y sin origen definido porque aunque intento saber de dónde viene, siempre resultan mis oídos diciéndome un lugar dif

erente.

Están jugando conmigo, amiga.

Juegan y me hacen pasar horas en reuniones con hombrecitos de colores. Esos no estaban antes, y si estaban, no hablaban, estos lo hacen, cuentan vivencias que no pueden ocurrirle a nadie. A nadie que tenga colores.

Las cosas han cambiado amiga.

Pero aún no recuerdo tu nombre.

Me han dicho, que esta carta te la entregarán. Que las cosas van a mejorar, que esto ha resultado una parte exitosa del “tratamiento”. Yo sólo les pido que me recuerden tu nombre, pero ellos se empeñan en recordarme que tú no existes.

Te quiere. Alguien.

DAVID SILVA

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03
Feb
10

UN REGALO DEL VIENTO

Sky Guard - Fotografía de Yayaaja, Usuario DeviantART.

No sabía si extendía los brazos para no caer, o si lo hacía para disfrutar el vuelo. Pero por cualquiera de las dos. Y que por cierto era algo que estando allá arriba no se preguntaba. Estaba disfrutándolo.

Pensó que era imposible, llegó a sentirse ridículo cuando ya siendo un adulto aún soñaba con volar sin necesidad de aparatos, máquinas e imaginación, simplemente porque si. Volar porque si. Volar porque había nacido para eso. Eso era lo que creía y por fin, después de pasar cuarenta años con los pies sobre la tierra. Descubrió que podía hacerlo.

Si el tipo tuviera palabras en la mente para expresar lo que sentía, hubiera dicho algo así como: “sentir el aire abrazarme, sentirme como una flecha que va sin dirección, cómplice del viento y sin blanco por alcanzar…

…Sentir el aire abrazarme, sentirme como una flecha que va sin dirección, cómplice del viento y sin blanco por alcanzar. Como una flecha que simplemente vuela por volar.

No puedo decir que me siento como un águila, como un cóndor o alguna de esas majestuosas aves del firmamento, no puedo porque me diferencia de ellas una inexistente necesidad de sobrevivir. Tampoco tengo por que mirar a tierra buscando una presa. No, simplemente estoy volando porque si. Porque abajo ya no me quedaba nada aunque acá arriba no me espere algo tampoco. Simplemente me siento más cómodo.

Qué irónico es saber que cuando vuelas, y tienes todo el cielo a tu disposición, el espacio que ocupa la sensación de libertad es tan grande, que ya no queda campo para preocupaciones, ni para dolores ni para nada que ate tus pensamientos a tierra.

Suspiro. Siento el aire más ligero, siento el viento como una parte de mí, o, mejor, me siento como una parte de él. Y aún con los ojos cerrados puedo ver la belleza de las nubes. Las evito. Porque prefiero hacerlas parte de un juego, de un juego como los juegos de niños donde tomábamos cualquier cosa por pequeña que fuera como obstáculo a superar, incluso las quebraduras en el asfalto de la calle o las divisiones entre un baldosín y el otro.

¡No tengo mente para más nada que esta sensación mágica y bella de mantenerme en el aire! ¡Quiero gritar! Quiero gritar de libertad y llorar de felicidad. Eso es lo que quiero. Gritar desesperadamente que estoy volando, gritar porque sé que nadie me escuchará abajo. Gritar porque tengo la certeza de que mi grito será mudo. Quiero llorar y dejar mis lágrimas en el viento, que se multipliquen por millares y que se haga una lluvia con ellas para que todo el que esté afligido levante la vista al cielo y deje mojar su rostro. Porque son lágrimas de felicidad y de seguro serían una bonita lluvia.

También quiero volver a tierra y contarles esto a mis amigos. Decirles lo grandioso que ha sido y pasar por loco, porque seguro que no me creerán. Quiero correr a abrazar a mi novia, besarla y acariciarle el rostro, diciéndole que lo hago con unas manos que tocaron el cielo. Si, eso quiero hacer cuando vuelva.

Pero a diferencia de las águilas o los halcones, yo no volveré a tierra jamás. Porque estoy aquí, viendo desde las alturas mi cuerpo ya sin vida, tendido en mitad de una calle en medio de un círculo de agentes de tránsito y paramédicos…

Eso diría ese tipo que ahora va allá, volando con la libertad única que Dios le entrega a los muertos. Mientras yo estoy aquí, sentado en el andén viendo como recogen el cadáver, con un cigarrillo entre los dedos de una mano y un lápiz en la otra. Anotando dos historias, la del accidente, para la prensa, y la del hombre que vuela. La una para mi trabajo en tierra, y la otra para fabricar unas alas con las que volar esta noche.

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DAVID SILVA

NOTA: Hace algunos días, Carme y yo tuvimos la idea de hacer cada uno un cuento con una sola idea. Esa vez, fueron las escaleras y sus derivados. Resultó ser un ejercicio muy interesante para los dos. Y por cosas de la vida. También para otros diez autores quienes aportaron sus peldaños en la escalera. Carme y yo, estamos muy agradecidos por su participación. Y a petición del público, empezamos la segunda ronda. Esta vez la idea inocente que nació con Carme, fue: Las ideas y el viento, o, simplemente el viento.

Así que los invitamos a dejarse por la brisa de las ideas y pasearse por el cielo con sus historias.

gracias.

30
Ene
10

Los ojos de cristal

Fotografía por Subtelnie, Usuario DeviantART

Fotografía por Subtelnie, Usuario DeviantART

Debería llover. El clima ideal es el frío. Con un cielo gris, un cielo que se lamente. El día debería estar triste y las gotas deberían repicar en el prado. Las miradas de todos deberían de estar muertas, tendidas en el suelo y por sus mejillas estar rodando gotas de lluvia, la lluvia del corazón roto.

Los sollozos de los presentes deberían fundirse con los del viento. Sus llantos harían estremecer de dolor y hasta despertar compasión en los caídos. Todos los trajes deberían ser negros y las gentes estar abrazándose con desgana. El hombro de una madre servir de pared de salto para las lágrimas de sus hijos. Nadie debería estar hablando. Todos llorando, todos. Hasta el cielo, como en las películas.

Pero parece que el único con un mundo frío, lluvioso y de luto, soy yo. Alfredo, el más pequeño de todos. Y al mismo tiempo el más querido, porque era yo el que estaba con él cuando nadie quería escucharle sus historias, porque era el que se sentaba tardes enteras a verlo tomar chocolate y mascullar las injusticias del país, aunque no comprendo de injusticias ni de países. Pero seguro que a partir de hoy la palabra injusticia me quedará grabada en el corazón, con cincel y martillo, porque hoy, mi corazón se ha convertido en piedra.

Mi abuelo parte en el último viaje de su vida, el más importante de todos. Un descenso de dos metros a una estación de salida sin tiquete de retorno.

Mi cielo es gris, mi traje es negro, los cuervos vuelan por entre los árboles y sus graznidos hacen las veces de mis gritos. Yo sí tengo la mirada muerta y soy el único que ve el cajón bajar, al mismo tiempo que las lágrimas por mis mejillas.

Lágrimas muertas porque nadie las recogerá, nadie las verá caer y nadie las llorará, mi dolor es a la realidad lo que el abuelo a la familia: un algo sin importancia.

El abuelo muerto. Y el sol brilla como siempre calentando el cementerio con un vapor tropical. El clima de playa, los mosquitos de campamento, unas risitas tímidas a mis espaldas. Mis tías vestidas de blanco y rojo, mis tíos indiferentes, reunidos, hablando en voz baja por respeto al fallecido, para que no los escuche porque quien sabe, Dios no quiera que se despierte. Mis familiares, todos dialogando de una cosa y otra. Mis primos correteándose entre las lápidas, jugando a las escondidillas y el sacerdote haciendo su trabajo por que es su trabajo, no porque sea su abuelo.

Viejo decrépito, sofocándose bajo esa cantidad incontable de trapos y telas baratas que le dan el derecho divino de rezar por el alma de mi abuelo. ¿Por qué no lo hace con la devoción que le merecen su oficio y el difunto? Ese pobre viejo ya tuvo que haber visto morir al suyo. Pero qué más da. Si a lo mejor a ese, cuando le tocó, venía siendo un actor barato en una función improvisada, como lo es esta tarde, el entierro de mi viejito.

Lástima que nadie lo conoció como yo lo conocí. Que nadie pudo ver más allá del viejo gruñón. Que nadie tuvo la valentía de sentarse a escucharle. Pero si tan sólo hubieran sacado tiempo, aunque fuera por obligación moral, ya que por amor lo dudo; Hubiesen entonces conocido al hombre más sabio que yo jamás he conocido. Y sé muy bien que sólo tengo ocho años, y que de genios sólo conocí a mi abuelo, pero sé que no conoceré otro. Y mi familia tampoco.

¡Desagradecidos!

El viejo les dio todo, les llenó los bolsillos de ilusiones, porque era lo único que podía darles, pero fueron esas ilusiones entre los bolsillos con las que pagaron la entrada a la casa de sus sueños hechos realidad. Todos y cada uno de sus hijos ahora vive de las maravillas. Hasta mi padre, el holgazán que nunca supe criar, como le decía mi abuelo. El viejo les llenó el corazón de plomo para que hicieran de él su única arma y escudo. Pero estos desgraciados no saben agradecer. Porque sólo se agradecen a ellos mismos cuando suben un escalón más en la vida.

El calor me está ahogando, el cuello de la camisa me roba la paciencia; el cuello y la actitud de los demás. Pero no me importa, porque yo sí, abuelo, yo sí sigo firme llorándote a ti y tus historias. Tu soldado, tu aprendiz, el único que se sentaba a escuchar tus cuentos, tus fantasías, el único que se abrazó a tu imaginación. El único que pudo ver a través de los cristales de tus gafas, a un trovador.

Yo no sé que será de ti, abuelo, si irás al infierno por santo, o al cielo por amargado. Porque así fue como me enseñaste que se repartían las almas Dios y Satán. Yo no sé nada de eso. Pero espero que estés llegando al infierno por ser amigo, por ser papá, por ser santo y por ser todo lo que eras.

Aquí… aquí van a encontrar lo que me juraste callar, abuelo. Todos tus tesoros. Aquí van a encontrar los diamantes que encontró uno de tus héroes y que te dio de regalo a los cincuenta años. Aquí van a encontrar al avión que construiste para viajar al sol. También encontrarán, y eso tenlo por seguro, el barco que compraste con conchas del mar. Ese barco que te llevó tres veces hasta la luna enfrentándote por el camino contra las ballenas de los cielos nocturnos. Ese barco lo van encontrar abuelo, y van a ver los restos del calamar de color zafiro que acabaste con tus propias manos cuando eran de piedra. Esas que te convirtieron en carne cuando desobedeciste a los gobernantes.

¡Abuelo tus fortunas! Las van a encontrar ¡y se las van a robar! Y yo no soy quién para enfrentarlos y cuidarlas, no tengo la fortaleza, no aún abuelo. Yo no tengo el valor para cuidar tu memoria ni los honores que ganaste en vida.

La tarde parece congelarse en un solo momento. Un momento donde el sol es insoportable, donde quema, donde el calor es una llamarada que me quema los zapatos y me calcina bajo este traje de marinero. Es como si el infierno, al recibirte y verte como el héroe y el ángel guerrero que eres, hubiese lanzado sus llamaradas a nuestro mundo, por puro dolor.

¡Ojalá se quemen todos los que no te lloran, abuelo! ¡Todos!

Esperaba ya ansioso que la ceremonia se acabara, estaba ansioso por regresar a casa porque recordé. Recordé muy bien, mientras le echaban tierra al recuerdo de mi viejito, que había dejado sus gafas sobre la mesa de noche y sé muy bien que cuando las tenía puestas, era cuando su alma llegaba hasta sus ojos y estos, veían en las paredes de la casa, esos mundos y esas aventuras que el abuelo aseguraba haber vivido, haber presenciado y en más de una ocasión, por imprudente, haber provocado y yo siempre, haber creído.

La ceremonia que el abuelo no se merecía terminó, y de camino a casa, en el coche, la ansiedad se apoderaba de mí con la misma fuerza que las palabras del abuelo me arrastraron una tarde hasta el fondo del mar para espiar a Poseidón.

Pero así como era grande mi afán por llegar y encontrar las gafas, era la rabia por escuchar a mi familia charlar del clima con risotadas y comentarios poco respetuosos. Para todos era un paseo en coche del cementerio a la casa, un paseo poco usual y quizá por esa misma razón, para ellos, un paseo para recordar con risas ya sin recordar quién acababa de morir.  Para todos, menos para mí que tenía la vida partida en tres pedazos, una parte en esas gafas, otra en el cementerio y la otra llena de frustración y rabia por escucharlos, por tener que soportarlos.

Al llegar. Fui el primero que se bajó del coche y legó a la puerta. Pero no podía abrirla. Era mi padre el de la llave. Así que esperé, agotado por el calor, por la rabia y por la tristeza, esperé seis pasos del coche a la puerta que se me hicieron eternos. Temía que las gafas no estuviesen ahí, o que mi madre las recogiera para tirarlas.

-  ¿Llevas prisa, Alfredo? –me preguntó mi madre a penas bajando del coche con una carcajada entre los dientes por escuchar uno de los súper graciosos e interesantes comentarios de Camilo, el mayor.

-  No ma, es sólo que tengo muchas ganas de ir al baño –fue lo único que pude decir mientras mi padre abría.

La puerta se abrió y al tiempo que yo subía las escaleras, escuchaba entrar por el pasillo las risotadas de mi hermano, a lo mejor haciendo honor a sus dotes humorísticos aferrándose de mis impetuosas ganas de ir al baño.

Al tener las gafas, sentí paz. Y más que paz. Sentí valor, sentí fortaleza. La fuerza de mi abuelo estaba en mis manos. Las benditas gafas con las que veía más allá de lo que sus ojos le permitían.

Esas gafas, eran su mayor y más preciado tesoro. Porque con ellas, pudo hacer todo lo que me contaba. Ese era su instrumento, su arma, su nave. Las gafas redonditas de marco dorado.

Me paré junto a la ventana para contemplar su dorado y el sol se reflejó en ellas con intensidad y sus rayos fueron a parar al techo. Eran poderosas, yo lo pude sentir, abuelo. ¡Lo pude sentir! ¡Ya puedes descansar en paz! Ya tengo tus gafas y sin ellas nadie podrá robarte nunca nada. ¡Nada, abuelo! Hemos sobrevivido a la última, a la de perder tu honor.

Las guardé en el bolsillo del saco, y salí del cuarto de mi abuelo, directo al mío, sin hacer paradas ni prestar atención al entorno.

Dentro, las tomé en mis manos. Y pude sentir que era yo quien estaba en las manos de mi abuelo, porque aunque nunca me sostuvo en sus piernas, con su mirada me llevaba al cielo. Las tomé con el debido respeto. Y ahí, en la soledad de mi habitación, me entraron las ganas de probármelas…

¡Pero no! No podía hacer eso, sería como robar a mi abuelo. Como usar su nave y hacer sus viajes y no, no me sentía listo. El abuelo me dejó claro que sus arrugas eran las medallas con las que la vida le había dado los honores y el permiso para hacer todos sus viajes. Y a mí, el espejo no me mostraba ninguna medalla, para mi desgracia.

Así que las guardé en una cajita, una cajita que dejé bajo la cama. Juré no utilizarlas, abuelo. No mientras hasta que la vida no me de mis medallas.

Pero hoy me ha quedado algo claro, abuelo, y es que los ojos de cristal tienen cierta magia. Son una nave, y espero que mis ojos me fallen pronto. Para poder viajar y conocer el mundo, así como me lo enseñaste, con tus propios ojos.

DAVID SILVA
Safe Creative #1001305410258

28
Ene
10

Una escalera de once peldaños.

Gracias a una idea surgida durante una charla, la escalera por un tiempo ha dejado de ser lugar de paso para convertirse en protagonista de 10 historias, 10 visiones distintas que la han vestido con ropajes de todos los colores. Por ellas han transitado recuerdos, pesadillas, monstruos, perros y personas sin que ninguna se considera otra cosa que distinta de las demás.
Una sencilla escalera ha hecho posible que diez blogs subiendo y bajando por la red crearan por un tiempo un espacio común.
David y Carme os dan las gracias a todos por secundar su idea y sobretodo por ser tan buen@s escribiendo historias.

De puntillas

La Escalera Roja

En la escalera

La escalera

La carta

Cocktail

La escalera del fondo

Subir y bajar

Donde nacen las ideas, viven las pasiones

El monstruo de la escalera

La escalera




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