
Fotografía por Subtelnie, Usuario DeviantART
Debería llover. El clima ideal es el frío. Con un cielo gris, un cielo que se lamente. El día debería estar triste y las gotas deberían repicar en el prado. Las miradas de todos deberían de estar muertas, tendidas en el suelo y por sus mejillas estar rodando gotas de lluvia, la lluvia del corazón roto.
Los sollozos de los presentes deberían fundirse con los del viento. Sus llantos harían estremecer de dolor y hasta despertar compasión en los caídos. Todos los trajes deberían ser negros y las gentes estar abrazándose con desgana. El hombro de una madre servir de pared de salto para las lágrimas de sus hijos. Nadie debería estar hablando. Todos llorando, todos. Hasta el cielo, como en las películas.
Pero parece que el único con un mundo frío, lluvioso y de luto, soy yo. Alfredo, el más pequeño de todos. Y al mismo tiempo el más querido, porque era yo el que estaba con él cuando nadie quería escucharle sus historias, porque era el que se sentaba tardes enteras a verlo tomar chocolate y mascullar las injusticias del país, aunque no comprendo de injusticias ni de países. Pero seguro que a partir de hoy la palabra injusticia me quedará grabada en el corazón, con cincel y martillo, porque hoy, mi corazón se ha convertido en piedra.
Mi abuelo parte en el último viaje de su vida, el más importante de todos. Un descenso de dos metros a una estación de salida sin tiquete de retorno.
Mi cielo es gris, mi traje es negro, los cuervos vuelan por entre los árboles y sus graznidos hacen las veces de mis gritos. Yo sí tengo la mirada muerta y soy el único que ve el cajón bajar, al mismo tiempo que las lágrimas por mis mejillas.
Lágrimas muertas porque nadie las recogerá, nadie las verá caer y nadie las llorará, mi dolor es a la realidad lo que el abuelo a la familia: un algo sin importancia.
El abuelo muerto. Y el sol brilla como siempre calentando el cementerio con un vapor tropical. El clima de playa, los mosquitos de campamento, unas risitas tímidas a mis espaldas. Mis tías vestidas de blanco y rojo, mis tíos indiferentes, reunidos, hablando en voz baja por respeto al fallecido, para que no los escuche porque quien sabe, Dios no quiera que se despierte. Mis familiares, todos dialogando de una cosa y otra. Mis primos correteándose entre las lápidas, jugando a las escondidillas y el sacerdote haciendo su trabajo por que es su trabajo, no porque sea su abuelo.
Viejo decrépito, sofocándose bajo esa cantidad incontable de trapos y telas baratas que le dan el derecho divino de rezar por el alma de mi abuelo. ¿Por qué no lo hace con la devoción que le merecen su oficio y el difunto? Ese pobre viejo ya tuvo que haber visto morir al suyo. Pero qué más da. Si a lo mejor a ese, cuando le tocó, venía siendo un actor barato en una función improvisada, como lo es esta tarde, el entierro de mi viejito.
Lástima que nadie lo conoció como yo lo conocí. Que nadie pudo ver más allá del viejo gruñón. Que nadie tuvo la valentía de sentarse a escucharle. Pero si tan sólo hubieran sacado tiempo, aunque fuera por obligación moral, ya que por amor lo dudo; Hubiesen entonces conocido al hombre más sabio que yo jamás he conocido. Y sé muy bien que sólo tengo ocho años, y que de genios sólo conocí a mi abuelo, pero sé que no conoceré otro. Y mi familia tampoco.
¡Desagradecidos!
El viejo les dio todo, les llenó los bolsillos de ilusiones, porque era lo único que podía darles, pero fueron esas ilusiones entre los bolsillos con las que pagaron la entrada a la casa de sus sueños hechos realidad. Todos y cada uno de sus hijos ahora vive de las maravillas. Hasta mi padre, el holgazán que nunca supe criar, como le decía mi abuelo. El viejo les llenó el corazón de plomo para que hicieran de él su única arma y escudo. Pero estos desgraciados no saben agradecer. Porque sólo se agradecen a ellos mismos cuando suben un escalón más en la vida.
El calor me está ahogando, el cuello de la camisa me roba la paciencia; el cuello y la actitud de los demás. Pero no me importa, porque yo sí, abuelo, yo sí sigo firme llorándote a ti y tus historias. Tu soldado, tu aprendiz, el único que se sentaba a escuchar tus cuentos, tus fantasías, el único que se abrazó a tu imaginación. El único que pudo ver a través de los cristales de tus gafas, a un trovador.
Yo no sé que será de ti, abuelo, si irás al infierno por santo, o al cielo por amargado. Porque así fue como me enseñaste que se repartían las almas Dios y Satán. Yo no sé nada de eso. Pero espero que estés llegando al infierno por ser amigo, por ser papá, por ser santo y por ser todo lo que eras.
Aquí… aquí van a encontrar lo que me juraste callar, abuelo. Todos tus tesoros. Aquí van a encontrar los diamantes que encontró uno de tus héroes y que te dio de regalo a los cincuenta años. Aquí van a encontrar al avión que construiste para viajar al sol. También encontrarán, y eso tenlo por seguro, el barco que compraste con conchas del mar. Ese barco que te llevó tres veces hasta la luna enfrentándote por el camino contra las ballenas de los cielos nocturnos. Ese barco lo van encontrar abuelo, y van a ver los restos del calamar de color zafiro que acabaste con tus propias manos cuando eran de piedra. Esas que te convirtieron en carne cuando desobedeciste a los gobernantes.
¡Abuelo tus fortunas! Las van a encontrar ¡y se las van a robar! Y yo no soy quién para enfrentarlos y cuidarlas, no tengo la fortaleza, no aún abuelo. Yo no tengo el valor para cuidar tu memoria ni los honores que ganaste en vida.
La tarde parece congelarse en un solo momento. Un momento donde el sol es insoportable, donde quema, donde el calor es una llamarada que me quema los zapatos y me calcina bajo este traje de marinero. Es como si el infierno, al recibirte y verte como el héroe y el ángel guerrero que eres, hubiese lanzado sus llamaradas a nuestro mundo, por puro dolor.
¡Ojalá se quemen todos los que no te lloran, abuelo! ¡Todos!
Esperaba ya ansioso que la ceremonia se acabara, estaba ansioso por regresar a casa porque recordé. Recordé muy bien, mientras le echaban tierra al recuerdo de mi viejito, que había dejado sus gafas sobre la mesa de noche y sé muy bien que cuando las tenía puestas, era cuando su alma llegaba hasta sus ojos y estos, veían en las paredes de la casa, esos mundos y esas aventuras que el abuelo aseguraba haber vivido, haber presenciado y en más de una ocasión, por imprudente, haber provocado y yo siempre, haber creído.
La ceremonia que el abuelo no se merecía terminó, y de camino a casa, en el coche, la ansiedad se apoderaba de mí con la misma fuerza que las palabras del abuelo me arrastraron una tarde hasta el fondo del mar para espiar a Poseidón.
Pero así como era grande mi afán por llegar y encontrar las gafas, era la rabia por escuchar a mi familia charlar del clima con risotadas y comentarios poco respetuosos. Para todos era un paseo en coche del cementerio a la casa, un paseo poco usual y quizá por esa misma razón, para ellos, un paseo para recordar con risas ya sin recordar quién acababa de morir. Para todos, menos para mí que tenía la vida partida en tres pedazos, una parte en esas gafas, otra en el cementerio y la otra llena de frustración y rabia por escucharlos, por tener que soportarlos.
Al llegar. Fui el primero que se bajó del coche y legó a la puerta. Pero no podía abrirla. Era mi padre el de la llave. Así que esperé, agotado por el calor, por la rabia y por la tristeza, esperé seis pasos del coche a la puerta que se me hicieron eternos. Temía que las gafas no estuviesen ahí, o que mi madre las recogiera para tirarlas.
- ¿Llevas prisa, Alfredo? –me preguntó mi madre a penas bajando del coche con una carcajada entre los dientes por escuchar uno de los súper graciosos e interesantes comentarios de Camilo, el mayor.
- No ma, es sólo que tengo muchas ganas de ir al baño –fue lo único que pude decir mientras mi padre abría.
La puerta se abrió y al tiempo que yo subía las escaleras, escuchaba entrar por el pasillo las risotadas de mi hermano, a lo mejor haciendo honor a sus dotes humorísticos aferrándose de mis impetuosas ganas de ir al baño.
Al tener las gafas, sentí paz. Y más que paz. Sentí valor, sentí fortaleza. La fuerza de mi abuelo estaba en mis manos. Las benditas gafas con las que veía más allá de lo que sus ojos le permitían.
Esas gafas, eran su mayor y más preciado tesoro. Porque con ellas, pudo hacer todo lo que me contaba. Ese era su instrumento, su arma, su nave. Las gafas redonditas de marco dorado.
Me paré junto a la ventana para contemplar su dorado y el sol se reflejó en ellas con intensidad y sus rayos fueron a parar al techo. Eran poderosas, yo lo pude sentir, abuelo. ¡Lo pude sentir! ¡Ya puedes descansar en paz! Ya tengo tus gafas y sin ellas nadie podrá robarte nunca nada. ¡Nada, abuelo! Hemos sobrevivido a la última, a la de perder tu honor.
Las guardé en el bolsillo del saco, y salí del cuarto de mi abuelo, directo al mío, sin hacer paradas ni prestar atención al entorno.
Dentro, las tomé en mis manos. Y pude sentir que era yo quien estaba en las manos de mi abuelo, porque aunque nunca me sostuvo en sus piernas, con su mirada me llevaba al cielo. Las tomé con el debido respeto. Y ahí, en la soledad de mi habitación, me entraron las ganas de probármelas…
¡Pero no! No podía hacer eso, sería como robar a mi abuelo. Como usar su nave y hacer sus viajes y no, no me sentía listo. El abuelo me dejó claro que sus arrugas eran las medallas con las que la vida le había dado los honores y el permiso para hacer todos sus viajes. Y a mí, el espejo no me mostraba ninguna medalla, para mi desgracia.
Así que las guardé en una cajita, una cajita que dejé bajo la cama. Juré no utilizarlas, abuelo. No mientras hasta que la vida no me de mis medallas.
Pero hoy me ha quedado algo claro, abuelo, y es que los ojos de cristal tienen cierta magia. Son una nave, y espero que mis ojos me fallen pronto. Para poder viajar y conocer el mundo, así como me lo enseñaste, con tus propios ojos.
DAVID SILVA
